Where’s the cat?

He pasado todas las navidades metido en casa. Encerrado. Sin ver a nadie. Con las persianas abajo y la nevera llena de la compra que hice por Internet. Llevo prácticamente un mes escondido, al principio temiendo que Dachi volviera en algún momento. No lo ha hecho. Pero las cosas han cambiado.

Mamá y papá vinieron a aporrear a mi puerta el día de Navidad. No les abrí. Me consta que volvieron para los Inocentes, y en Nochevieja dejaron en el umbral una heladera llena de comida y una bolsa de cotillón. Lástima de comida. Por el olor, se habrá puesto mala.

Nadie entiende lo que me pasa. Mi médico no ha vuelto a importunarme. Es extraño, pero ahora casi lo echo de menos. Le he dado tantas vueltas a mi cabeza en los últimos tiempos que me siento perdido. No sé cómo he llegado a este punto.

Durante mi encierro he luchado contra el tedio, la angustia, el miedo. He vencido la tentación de la inactividad. Al principio miraba la tele y escuchaba música por Internet durante horas. Cuando ya no pude más, hice una gran limpieza hasta dejar mi apartamento medio vacío. He llegado al extremo de plantearme si los muebles no me resultan superfluos. Las estanterías están desiertas tras haber hecho un escrutinio total de los libros y películas que tenía acumulando polvo. No he salvado nada de la quema. Me ha dado igual.

He hecho trapos con las sábanas viejas y arrancado el papel del fondo del armario, que ha quedado en un estado calamitoso y no tengo nada con lo que solucionar el desaguisado. En cuanto a la ropa, a ver si llevo los cinco sacos a la beneficencia. Yo apenas necesito nada.

Las plantas se han mustiado por falta de sol. Intenté aliviar su malestar con dosis de abono y música. He pasado horas hablándoles, leyéndoles, pero no han soportado la vida de clausura sin poder salir al claustro, a acompañar al ciprés de Santo Domingo de Silos.

La casa se ha ido vaciando mientras se acumulaban las bolsas contra la pared, junto a la puerta de la que empieza a venir el mal olor de la comida de Año Nuevo que no probé.

El gato no ha vuelto, pero yo voy a peor. Hace unos días empecé a mirar alrededor, en medio del espacio vacío en que se ha convertido mi casa. A girar como un derviche, los brazos abiertos, con la esperanza de aturdirme y ver más claro. En el mareo de las vueltas, siento que el espacio se ensancha y las paredes se alejan. Rozo el infinito. Luego, inclino la cabeza y apoyo las manos contra las rodillas. Y en esta postura, casi listo para una oración, repito sin parar una frase, como salmodiando un rosario, en un acto incomprensible cuando no te declaras creyente:

“Dachi no ha vuelto, Dachi no ha vuelto, Dachi no ha vuelto”.

Llevo tres semanas huyendo de él y la única conclusión que he sacado es que quiero que me encuentre. ¿Quién entiende este síndrome de Estocolmo con el secuestrador ausente?

¿Qué proceso psicótico me ha atrapado a lo largo de mi encierro para que ahora esté suspirando por lo contrario de lo que buscaba? Si antes rehuía las fotos en los bolsillos y me dejaba acongojar por el pánico cada vez que parpadeaba, ahora hurgo en mis pantalones sin parar y me paseo por la habitación con los ojos cerrados, chocando con los bultos y dándome golpes en los dedos de los pies.

Le echo de menos. ¿Cómo es posible? Quiero que vuelva Dachi. Hasta a mí me resulta incomprensible. Se ha convertido en un apéndice más, como un miembro amputado que sientes que está ahí pero no lo ves. Hasta me pican los bigotes y se me mueve solo el brazo izquierdo. Arriba y abajo, arriba y abajo.

No sé para qué sirve. No sé para qué lo quiero. Solo sé que no puedo evitarlo.

He decidido hacer todos al revés de como lo había planeado. Quizás así logre revertir los efectos de mi encierro. Pero lo hago con sigilo, poco a poco, con miedo.

Ayer abrí la puerta de casa para coger la bolsa de cotillón. Tiré los matasuegras y el confeti y guardé un frasquito de purpurina. Me puse un poco alrededor de los ojos, y en los carrillos, convenciéndome de que si lograba brillar aunque solo fuera un poco como él, quizás volviera el gato entero.

Hoy he decidido subir las persianas. A lo mejor con luz natural brille y salga de su escondite. En el vídrio ha aparecido el reflejo de un hombre muy pálido y mal afeitado. Me he arreglado la barba y he empezado a tomar el sol. He abierto la ventana.

Voy a tener que volver a salir. Creo que el problema es que a Dachi no le gusta estar encerrado.

(Haz click en   Becoming the cat  y transfórmate en gato.)

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Escondido de sí mismo

-¿Qué hace aquí?

-No ha vuelto a la consulta.

-No he tenido tiempo.

-¿Puedo pasar?

-¿Para qué?

-Para hablar.

-Tengo trabajo.

-Lo que tiene es mala cara.

-Se me han acumulado las traducciones y me paso el día pegado al ordenador.

-Pues vaya con cuidado.

-¿Por qué lo dice?

-La vista, la pantalla…

-Sí, ya.

-¿No puedo entrar? Así hace una pausa.

-No va a ser posible. Llevo el tiempo milimetrado.

-¿Le ha pasado algo?

-¿Por qué?

-No sé… La última vez… Le vendría bien tomar el aire. ¿Y si damos una vuelta?

-Mire, ya se lo he dicho. El trabajo me espera. ¿Qué es lo que quiere?

-Saber como está.

-Pues ya lo ve, bien. Todo va estupendamente.

-No es lo que parece.

-Las apariencias engañan.

-Y las frases hechas también. ¿Le pasa algo? ¿Se está escondiendo?

-¿De qué?

-¿Ha vuelto a repetirse?

-No, no se ha… Bueno, sí. Pero de otro modo.

-¿Cómo?

-No quiero hablar de ello.

-Quizá pueda ayudarle.

-Ya dijo que no podía.

-Digo muchas cosas a lo largo del día, no hay que tomarme al pie de la letra… Venga a verme. Siempre será mejor pensar algo entre los dos.

-Ya veré.

-Pásese mañana

-No puedo.

-¿Cuándo entonces?

-Ya le he dicho que lo pensaré. ¿Qué más quiere?

-¿No pretenderá quedarse aquí metido eternamente?

-De momento, sí.

-Tendrá que salir…

-No hay urgencia. Ya sabe, mi trabajo, Internet…

-Sí, hoy en día no hace falta moverse… Pero, el sol. El aire.

-Ventanas.

-Ya. ¿Y la gente? ¿Sus amigos?

-Facebook, chat.

-¿Y no querrán verle en persona?

-Gran ciudad, vidas complicadas. Lo entenderán. No se preocupe por mí. Estaré bien.

-No es cierto. Así no solucionará nada. Lo que debería hacer es…

-Mire, estoy muy ocupado y tengo que dejarle ahora.

-Prométame que vendrá a verme.

-Es posible…

-(…)

-Si no quiere nada más, yo…

-No… Bueno…

-Adiós.

-¿Sabe? En mi familia, mi padre solía repetir unos versos.

-(…)

-Decían algo así:

 

Echad los limoncitos
al viento.
¡Ya lo sabéis!… Porque luego,
luego,
un velón y una manta
en el suelo.

 

-(…)

-(…)

-Oiga…

-¿Sí?

 

Miau

 

 

 

 

Qué fantástica esta fiesta

Os voy a contar cómo Dachi llegó a mi vida. Era una noche loca de lentejuelas y luces estroboscópicas, fuentes de chocolate fundido y copas de champaña, danza y concupiscencia. Bueno, eso recuerdo, y ya se sabe que la memoria es tramposa y por ello no es historia. Quizá sueño. Deslumbramiento probablemente.

Apareció pequeño, ya que apenas levanta un palmo del suelo. De improviso, porque ni se molestó en avisar. Lo suyo fue natural, como en las familias bien avenidas, sin necesidad de llamar antes de pasar a hacer visita. Llegó y tomó posesión de mi espacio, de mi cuerpo y de mi vida.

Os prevengo, no imaginéis una historia de pasión arrebatadora, amores desatados y cajas de condones. Si así es, no hace falta que sigáis leyendo, os ahorro el trámite. Vuestra visita al blog ya se ha contabilizado en las estadísticas. Mil gracias.

Para los que seguís aquí, os recuerdo que hacía dos semanas mi vida había vuelto a su cauce habitual. Se acabaron las fotos en los bolsillos al más puro polaroid style y quedó atrás el proceso de transformaciones múltiples que tanto me había afectado en los últimos tiempos. Era “normal”, entendiendo por ello el estado de cualquier hombre y mujer que no se transforma en cesta de frutas, cubo de la basura o boca de incendios cada vez que cierra los ojos, sin importar el momento ni el lugar. Y estaba encantado.

Con la tranquilidad del que sabe que controla sus esfínteres y no necesita llevar una muda de recambio en la cartera, así me preparé yo para la gran noche. Ufano, despreocupado, con la atención puesta en alinear convenientemente el cuello de la camiseta con el del jersey, vigilar que los pantalones no dejaran a la vista curvas poco favorecedoras y cuidar que el peinado se mantuviera en el lado correcto de esa línea estrecha que marca la frontera entre chico moderno y niño repelente de colegio de curas.

Los principios en una fiesta siempre son (o deberían ser) tímidos, tanteando lo que esperan los organizadores de sus invitados. No puedes saltarte etapas ni pretender acelerar el ritmo de las cosas. Por poner un ejemplo, y si todo va según las leyes que la naturaleza tan sabiamente nos marca, uno no puede bajarse los pantalones al principio de la velada, ya que estaría totalmente fuera de lugar y se te consideraría un ordinario. Por el contrario, si esto llega cuando el guateque da sus últimos estertores, es símbolo de éxito y de celebración bien aprovechada.

Una gran fiesta es como la grabación de la recopilación perfecta en un radiocasete con doble platina y autoreverse. Un trabajo artesanal que exige una precisión milimétrica en cada una de sus partes.

La primera fase de la fiesta es fundamental, ya que va a marcar el desarrollo de toda la velada. Si llegas demasiado pronto, te encontrarás solo y acabarás arreglando las mesas y pasando la fregona hasta que llegue más gente. Un cierto retraso permite localizar a los conocidos, evaluar la potencialidad del resto de invitados y hacer una primera selección. Dejas que te sirvan una copa (es de desesperados servirse la primera solo) y entablas conversación (importante nunca parecer colgado, la imagen de paria puede aguarte toda la noche).

Una vez la fiesta lanzada, con los invitados en sus puestos y un par de copas en el cuerpo, llega la segunda fase en la que se incluye el baile. Esto abre al menos dos posibilidades: bailar o no bailar. Lo último implica tener que buscar conversación en los espacios aledaños ya que no pintas nada en la pista. Puede ser una buena oportunidad para entablar conversación con gente interesante. El riesgo evidente es que los contertulios sean unos plastas y lamentes no haberte apuntado a clases de salsa.

Bailar tiene diferentes reglas. Si eres buen bailarín no hay problema, aunque hay que evitar no parecer pretencioso; si eres mal bailarín, no  hay que parecer patético (lo mejor suele ser abandonar la pista y optar por no bailar – véase explicación anterior); si eres compulsivo, puedes triunfar o hundirte a partes iguales, ya que la técnica de baile es de una alta complejidad y no está al alcance de cualquiera (no eres bueno, no eres malo, eres… otra cosa). Al formar parte del último grupo, puedo explicar de manera sucinta en qué consiste. Básicamente, se trata de un ejercicio de baile-fusión que incluye pasos clásicos unidos a movimientos sacádicos que entroncan con la tradición de la danza contemporánea del maestro Nikolais, danzas regionales y un dramatismo y expresividad inspirados en el método Stanislavski. Tu actuación recibirá diferentes valoraciones, pero no hay que olvidar que nunca llueve a gusto de todos. Don’t worry, be happy.

Por último, llega la tercera parte de la fiesta, para la que es esencial no haberse dado la fuga ante las primeras dificultades. Es la fase de decadencia. En ella, todo es posible. Cuerpos cansados, organismos etilizados, pinchadiscos desnortados y organizadores que no saben cómo deshacerse de la visita. En esta fase puedes dejar que tu cuerpo te guíe y que el cerebro se tome un descanso. Al estar apenas saliendo del punto álgido de la soirée, puedes optar por acciones arriesgadas como subirte a una silla desde la que dirigirte a la masa o dar muestras de sano exhibicionismo, enseñando sostenes y bajándote los pantalones (ahora sí). Puedes cantar como Juan Gabriel, hacer piruetas como Alicia Alonso y dar largos discursos como Fidel. Si no has pillado, llega el momento de aprovechar la onda de desesperación masiva (es el momento más democrático de la noche, todos los invitados valen por igual). A continuación, solo queda irse jolgoriosos y en grupo. Puedes optar por esperar y ser de los últimos en marcharte (solo), pero corres el riesgo de acabar recogiendo vasos y pasando la fregona en los baños. No lo recomiendo.

Tras esta explicación, volvamos ahora al relato que nos ocupa, ya que el quid de todo lo anterior ha sido situaros exactamente en mi gran momento de la noche, la fase tres en la que un policía con un alcoholímetro se habría hecho de oro durante la ley seca. Yo estaba en un arranque altamente performativo, con un ejercicio de baile à deux digno de la Compañía Nacional de Danza al ritmo de Pia Zadora. Mi partenaire ejecutaba acrobacias de un alto grado de complicación a mi alrededor, mientras yo me lanzaba al clásico giro en ángulo de 90 grados, con manos en la cabeza y rodillas flexionadas, que antecede a una caída en el suelo a cuatro patas que, por medio de un noble ejercicio de expresión corporal, transforma mi cuerpo en el de un brioso corcel sobre el que la bailarina ejecuta la prodigiosa danza de las amazonas. El uso de un sencillo sombrero vaquero le permite mostrar la transición del pasado mitológico al moderno rodeo texano. Impresionante.

En ello estábamos, cuando un fuerte golpe, seco, plomizo, resonó en mis oídos con la fuerza de un trueno. Yo me sentí paralizado por el estruendo, mirando hacia delante, con la vista fija en el sofá y sin poder ejecutar ningún movimiento, mientras la gente se apresuraba a ayudar a mi pareja tras la caída. En el primer momento, supuse que no debía de estar tan mal, ya que no me hicieron ni caso. Quise ver lo que había pasado, pero me di cuenta de que era incapaz de girar el cuello y solo sentía el cuerpo rígido como un palo de escoba. Incapaz de avanzar adelante o atrás, la única extremidad que me respondía era el brazo izquierdo que parecía descontrolado a la altura del hombro y el omoplato.

Esa angustiosa sensación de no poder moverme duró varios minutos. Fueron momentos de pánico sin saber qué le estaba pasando a mi cuerpo. En esa desazón estaba, cuando una chica borracha se me acercó. El aliento le olía a vino, llevaba un cigarrillo en las manos y me acariciaba la cabeza. Sentí su mano en mi nuca y cómo jugueteaba con mi brazo, moviéndolo adelante y atrás. Me hacía un masaje, supuse. Y dio resultado, porque poco a poco fui recuperando el movimiento. Cuando por fin salí del anquilosamiento, vi que a la chica le había cambiado la cara y me miraba boquiabierta. No lo presté demasiada atención y me giré para confirmar que ya habían levantado a mi compañera de baile, quien se disponía a retomar la danza sin daño alguno que lamentar. Nada extraño parecía haber pasado.

Yo respiraba feliz, aliviado. Todo seguía siendo “normal”. Pero al girarme hacia la borracha una idea fugaz me pasó por la cabeza. Algo de lo que no me había percatado. De repente, la veía más grande. Supuse que era el efecto de haberla visto tirado en el suelo, que me había hecho sentirme más pequeño. No le di más importancia y volví la vista hacia la pista de baile.

Entonces, por detrás, la chica se acercó a mí y me tocó el brazo. Tenía la mirada vidriosa y le temblaba el cigarrillo en la mano. Solo acertó a decirme, entre risas nerviosas:

– ¿Cómo lo has hecho?

En ese momento no era todavía consciente, pero Dachi había llegado para quedarse.

Tercera visita: rucu rucu

-Y no para el rucu rucu, rucu rucu.

-¿Qué es el rucu rucu?

-Ya sabe, el run run. Y yo venga que dale…

-No le sigo.

-Pues que traca traca, traca traca.

-¿Se ha publicado un nuevo diccionario y no me he enterado? ¿Qué intenta decirme?

-Que estoy todo el día comiéndome la olla, dale que te pego. Ya sabe, rucu rucu, rucu…

-Sí, ya he comprendido. Cavilando, reflexionando, pensando…

-Si usted quiere.

-Prefiero. ¿Y ese…?

-Rucu rucu.

-¿…vagabundeo mental… le perturba?

-Me desorienta. ¿No ve que no me salen ni las palabras?

-Digamos que estimula su creatividad.

-Me imbeciliza.

-Le distrae, no es más que eso. No le dé más vueltas.

-Es que son muchas cosas…

-Pero vamos mejor, ¿o no?

-Supongo.

-Dice que hace una semana que no tiene síntomas. No ha habido más fotos y ha vuelto a parpadear.

-Estoy recuperando el sueño.

-Eso está bien.

-Me siento más animado.

-Es lógico.

-Sí, pero ¿a mí qué me pasaba?

-Nada grave, sin duda.

-Usted lo vio.

-¿El qué?

-Mi transformación.

-Yo no vi nada.

-No es eso lo que dijo.

-Mire. Reconozco que el otro día estaba un poco aturdido. Pero he investigado y consultado en varios manuales médicos, y creo poder decir con toda seguridad que lo del otro día no fue más que una alucinación compartida.

-¿Y eso qué significa?

-Que a fuerza de oírle contar la historia de sus transformaciones y sus problemas con el parpadeo, al final acabé formando parte de su fantasía.

-¿Y eso le parece normal? ¿Le pasa con todos los pacientes?

-Por fortuna no, pero lo importante es que todo tiene una explicación razonable.

-¿Lo mío eran solo alucinaciones?

-En parte.

-¿Y el resto?

-Veremos.

-Y mientras lo vemos, ¿cree que volverán?

-No se preocupe. De momento hemos controlado la primera fase.

-¿Está seguro? Yo tengo la impresión de que esto ha pasado demasiado rápido. ¿Y si vuelve con más fuerza? ¿Y si me transformo en algo peor? ¿Y si esto es más peligroso de lo que pensábamos?

-Esa es la cuestión. No piense.

-(…)

-Pensar demasiado no le hace bien a nadie.

-¿Ese es su consejo?

-Ese es mi consejo.

-No es que no le tome en serio, pero la semana pasada usted se estresó porque insinué que no pensaba y esta semana va y me suelta que…

-Entonces estábamos muy tensos. Hoy debe hacerme caso. No piense.

-¿Y cómo hago?

-Distráigase. Vaya al cine, al teatro. Cómase un helado, vea a sus amigos, relaciónese…

-Y todo eso para…

-No pensar.

-Está de broma.

-No lo necesita.

-No le sigo.

-Y por pensar me refiero al rucu rucu, traca traca, run run, comerse el tarro, dar vueltas a la lavadora, estrujarse el cerebro, darle a la olla…

-Rucu rucu.

-Verá, una persona normal, en la vida real, no piensa. Actúa. Aprende patrones de comportamiento y los aplica a situaciones de la vida cotidiana. Mientras todo vaya bien, seguirá aplicando esos patrones y aprendiendo otros nuevos. Cuando no le convengan porque no sea capaz de alcanzar las metas que le marquen, creará otros nuevos analizando la situación y buscando la mejor solución. El cerebro humano funciona mediante un sencillo sistema de análisis de necesidades. Traza objetivos, analiza los medios y llega a conclusiones para llevar los proyectos a término.

-Y yo…

-Usted está en la fase contraria, la que aquí podemos llamar “pensar”. Pero un pensamiento pasivo. Lo que habitualmente se conoce como “mirar las avutardas”.

-Las avutardas…

-El rucu rucu que usted dice y que no lleva a ninguna parte. ¿Alguna vez ha solucionado algún problema mirando al techo, frunciendo el ceño o quedándose quieto dándole vueltas a una idea fija? Confíe en mí, sea peripatético.

-¿Mande?

-Camine, haga cosas, renueve sus ideas. No se quede en casa aturdido con lo que no tiene solución.

-Que pasee. Y con eso ya… Todo…

-No hay más.

-Y entonces mi problema…

-No lo piense más.

-Porque lo que yo tengo es…

-Seguramente nada, un poco de estrés.

-Pero no sabe…

-Claro que sí. Soy su médico. Por supuesto que lo sé.

-Y eso es…

-No entremos en detalles técnicos. Vaya al parque.

-Está lloviendo.

-Pues no vaya. Métase en un cine.

-Un cine, ya.

-Exacto.

-(…)

-(…)

-No tiene ni idea de lo que me pasa, ¿verdad?

-Ni la más remota.

-Entonces mis transformaciones…

-Me siento incapaz.

-Y lo de la alucinación colectiva.

-Una posibilidad. Más bien una esperanza. Porque si no es así…

-Es que estamos para que nos encierren.

-Eso.

 

 

 

 

¿Qué pasaría si…?

He visto el vídeo de unos Guerreros de Goja, en la India. Participaban en un programa televisivo de talentos. Ellos no cantaban ni bailaban, simplemente se daban mazazos en pecho y espalda, comían fluorescentes, tiraban de coches con los dientes y se hacían sándwiches entre colchones de fakir.

Si ellos soportan todo ese dolor, yo debería poder aguantar un poco de escozor en los ojos. Así que sigo sin parpadear.

El médico no parece muy convencido con mi estrategia y me recomienda reposo y descanso en cama. Personalmente, no me tienta la idea de pasarme el día comiéndome la cabeza y mirando al techo. En cambio, he ideado un plan B que podría resumirse de la siguiente manera: “Trabajar más para parpadear menos”.

Hoy voy a dedicarme a vigilar exámenes.

Ser vigilante exige una serie de cualidades que en situaciones normales no tengo. Capacidad de concentración durante largos periodos de tiempo, agudo sentido del oído, visión lateral sin ángulos muertos. También reflejos extra rápidos, giro de cintura de 180 grados sin desplazamiento de piernas y caderas de marchador para evitar obstáculos en caso de alarma. Algunos profesionales dan especial importancia a la flexibilidad de la muñeca y a la destreza de los dedos rasgando hojas de exámenes. Los más mayores hablan de un misterioso sexto sentido, privilegio de los más experimentados, que te permite anticiparte a cualquier conato de copia que se produzca en la otra punta del aula.

Yo, que no cuento con ninguna de esas cualidades, espero que me baste con mi necesidad de no cerrar los ojos y la mala leche que se me está poniendo de tanto controlar el lacrimal.

Por si acaso, acepto los consejos que me dan: – Cara de perro. – Asustar a los alumnos nada más entrar. – Contacto visual y repetición de consignas: “Bolsos fuera”, “apuntes guardados”, “móviles apagados”, “¡ni una palabra!” – Recordarles a cuántos has pillado ya, aunque no sea cierto. Yo sigo todo al pie de la letra, pero temo que con poco poder de convicción. Supongo que un uniforme me daría mucho más empaque.

El problema es que no veo a los alumnos. Tengo los ojos irritados. Apenas percibo una sombra borrosa tras mis pupilas dilatadas. Una masa informe en la que buscar blanco al que apuntar.

Pero yo aguanto, estoico, paseando sin cesar entre las mesas, bien presente aunque, en la práctica, ausente. Pensando en lo que me está pasando, en mi vida, en el clásico qué he hecho yo para merecer esto.

Porque lo mío, exactamente ¿qué es? Una vez superada la fase de sueño y pesadilla, y con los hechos bien anclados a mi realidad cotidiana, ¿qué sentido tiene lo que me está pasando? Perdónenme que me ponga pragmático, pero esto ¿para qué narices sirve? Estoy dispuesto a metamorfosear mi cuerpo para lograr la paz en el mundo, aliviar el hambre en Somalia o servir de escudo en un accidente nuclear. Pero, hasta ahora, tan solo he sufrido transformaciones esporádicas, brevísimas y completamente absurdas. Mi mutación en contenedor de basura puede resultar prodigiosa para algunos, pero insustancial para el bien de la humanidad.

He dedicado tiempo a reflexionar y me he reprendido en numerosas ocasiones. No puedo criticar lo que me ocurre solo por un deseo narcisista de destacar. Y sobre todo, no puedo ser tan egocéntrico y pensar que lo me está pasando es único. ¿Quién soy yo para decidir que no hay más casos? ¿Acaso soy omnisciente? ¿Quién sabe si la OMS no ha escrito ya un informe sobre al asunto? Carnes hormonadas, desechos radiactivos, fumigación de cultivos… Debería dejar de comerme la uva en el supermercado. No está lavada.

De todos modos, ya es tarde.

¿Qué pasaría si cerrara ahora los ojos? ¿Si parpadeara aunque solo fuera un instante? ¿Provocaría una desbandada de alumnos? Quizá apareciera en sus calculadoras, con mis ojos y mi boca inscritos entre sus operaciones. ¿Se anularía el examen? Eso sería lo de menos, claro. El pánico, la marabunta de alumnos por los pasillos después de ver a un profesor transformado en vete a saber qué. Y yo ahí plantado, ridículo, sin saber qué ha ocurrido en esa milésima de segundo. Viendo sus espaldas correr. Y la clase vacía, los exámenes sobre las mesas.

Después vendría la convocatoria del director, el despido, el desempleo. Las noticias. Posiblemente primera página de la prensa nacional. Abriría los informativos. ¿Se haría una revisión médica a todos los alumnos? ¿Seré contagioso? Como cuando llevan al colegio a un niño con piojos. ¿Me pondrán en cuarentena? ¿Qué consignas dará el ministro? ¿Me hará llamar?

Se acabó el anonimato. Saltar a la palestra, ver mi cara en la prensa de escándalo. Y eso es lo mínimo. A lo mejor el presidente me considerará un peligro, una amenaza para la salud pública. Me retendrán en un centro de alta seguridad donde me harán pruebas mientras parpadeo para observar cómo me transformo en bisturís, gasas y esparadrapo. Se harán públicos los resultados para tranquilidad de los ciudadanos.

Algunos me considerarán un monstruo. Otros la octava maravilla. Habrá manifestaciones en mi nombre, enfrentamientos en las calles, disturbios, amenazas de países del Este, de China, de Irán, que me considerarán una potencial arma de destrucción masiva, ante el temor de que me transforme en cabeza nuclear y explote. Seré el primer punto en las agendas de todos los líderes políticos. El tema candente en las reuniones del G-20. La causa del cambio climático.

Quizá sea un alivio para la crisis. Repuntará la economía con la venta de camisetas, tazas y pañuelos con mi nombre, figuritas con mi efigieAlguien publicará un libro sobre mí, una biografía no autorizada. Se harán estudios sesudos en las universidades, tesis doctorales. Estaré en boca de todos. Seré el nuevo Gregorio Samsa.

Me nombrarán personaje del año de la revista Time. Las principales religiones debatirán si soy un enviado del divino. Probablemente se crearán sectas, muchos follarán invocando mi nombre. Algunos políticos cantarán mis alabanzas. Seré un símbolo para el pueblo.

Habrá un día de fiesta en mi honor, como personaje relevante de la nación. Inspiraré premios a la excelencia. Se pondrá mi nombre a los niños y se me estudiará en clase de Historia. Y de Ciencias Naturales. Y de Ciencias Sociales. Y de Biología. Y de…

Pero todo esto pasará fuera. Mientras tanto yo seguiré encerrado, lejos de la mirada del resto de la humanidad. En un búnker de alta seguridad en el que investigarán de dónde proviene mi extraño poder, incapaces de dilucidar las repercusiones de mis mutaciones para la ciencia. Me harán pruebas y más pruebas, hasta que mi brazo se quede sin venas que pinchar y que mi estómago se perfore por la medicación. Me darán calmantes para el dolor que yo no querré tomar. Suplicaré que paren, que me dejen marchar. Gritaré con el escaso hilillo de voz que me quedará después de soportar semanas y semanas de estudio. Pero ellos me mantendrán encerrado, rodeado de medidas de seguridad, en un habitáculo estanco. Unos pocos guardias privilegiados podrán observar mis transformaciones a través del circuito cerrado de cámaras de vídeo. Y al final tendrán miedo. Miedo a que me transforme sin que ellos se den cuenta, a que me escape convertido en el brócoli y las judías de lata que me darán para comer. Reducirán mi acceso a otras personas hasta negármelo totalmente. Y un día dejarán de hacerme pruebas, de darme medicamentos, de inyectarme goteros. Y no vendrá nadie. Solo una bandeja por la trampilla de la puerta con un escaso plato de comida y algo de agua. Y nada más.

La gente dejará de manifestarse en mi nombre. Olvidarán mi cara. Los libros sobre mí acabarán apilados en los depósitos de polvorientas bibliotecas. De vez en cuando alguien recordará mi nombre. Me compondrán canciones, como a la perra Layka, que nunca escucharé. Y a oscuras, en el silencio de mi cautiverio, soñaré que cierro los ojos y me transformo en moléculas de aire que me lleven a través de los conductos de aireación hasta el exterior. Y maldeciré este don que se me ha otorgado que, por llamativo que sea, es el más inútil sobre la faz de la tierra. Incapaz incluso de sacarme de mi encierro.

Pero se trata solo de ensoñaciones tras las que despierto, en medio de la sala de estudiantes, cuando apenas quedan unos minutos para acabar el examen, sin saber exactamente qué es lo que ha pasado. ¿Han copiado? ¿No han copiado? Los miro, subido a la tarima, y siento alivio al ver que todos siguen allí, que ninguno ha huido. Uno tras otro me van dando su examen y yo los voy guardando en el sobre antes de llevarlos a la secretaría del departamento. Y mientras me pongo el abrigo, sonrío porque no ha pasado nada. No he parpadeado, no ha habido cambio, el mundo sigue, estoy a salvo. No son más que películas en mi cabeza. Recojo las cosas y borro la pizarra…

¡Maldición!

Segunda visita

-Y este, ¿dice que es…?

-Yo.

-Igual que este otro…

-Sí.

-Y este.

-También.

-(…)

-¿Qué piensa?

-No estoy seguro, pero… ¿No sería lo normal que en las fotos, el que saliera fuera… no sé…?

-¿Quién?

-Usted.

-Pero si soy yo.

-Pues yo no veo…

-Allí, ¿no ve? Es mi cara.

-Eso parecen dos frascos de desodorante y un reloj.

-Soy yo en mi cuarto de baño.

-Comprenda que con este material no puedo decirle…

-¿Qué? Vaya manía tiene de no terminar las frases.

-Ya. Es que estoy un poco confuso. Escuche…

– (…)

– (…)

– (…)

-¿Qué hace? ¿Le pasa algo en los ojos?

-No se preocupe. Estoy esperando.

-¿El qué?

-Lo que va a decir. Sobre mí. ¿Se acuerda?

-Sí, claro que me…

-Escucho.

-¿El qué?

-Usted ha dicho escuche…

-¿Cuándo?

-Antes. Ha dicho: “Escuche…” y me he quedado esperando la continuación para dar mi réplica.

-¿Qué réplica? ¿Va a replicarme? ¿No está de acuerdo?

-No, pero…

-Si ni siquiera sabe lo que tengo en mente.

-Ya, si yo no…

-Ahora es usted el que no termina las frases.

-Porque no me deja.

-Yo solo he dicho…

-Lo de la réplica.

-Sí, como en el teatro.

-No estamos en el teatro.

-Pero hablamos por turnos.

-¡Yo no actúo, señor! Si es eso lo que insinúa. Ni preparo un guión para mis consultas. No tengo ningún plan preconcebido a su respecto ni al de ninguno de mis pacientes.

-¿Quiere decir que no se ha preparado mi consulta?

-¿El qué quería que preparara?

-Supuse que usted habría pensado…

-¡Yo no pienso, señor mío!

-Entonces es grave, porque…

-Quiero decir que sí pienso.

-¿Vamos a empezar como el otro día?

-Es que me hace decir lo que no… ¡Déjelo estar!

-(…)

-Más vale que prosigamos.

-Hablábamos de mis fotos.

-Las fotos, eso. Dice que usted es todos estos…

-“Escuche”.

-¿Perdón?

-Que retome en “escuche”, no hay por qué repetir los preámbulos.

-(…)

-“Escuche…”

-Escuche, ¿me está tomando el pelo?

-Sabía que iba a decir eso.

-¿Y cómo demonios se supone que podía saberlo?

-Porque yo sí que he pensado. Y mucho.

-Vamos a dejar estar lo que pienso o dejo de pensar. Eso no tiene nada que ver con que usted juegue a la pitonisa. Vaya al grano, que se nos va el tiempo.

-Al grano, pues, porque yo de vidente nada. Es solo que he… reflexionado mucho sobre lo que iba a pasar hoy aquí.

-¿Y?

-Y siendo usted una persona con patente sentido común…

-Huelga decirlo.

-…y que yo tengo cierta capacidad de empatía…

-Eso está por ver.

-…no resulta muy difícil imaginar lo que usted está pensando sobre mi caso. Porque lo mío, normal, lo que se dice normal, no es.

-En algo estamos de acuerdo. Coincidirá en que no es posible que usted sea lo que se ve en esas fotos que dice que salen de la nada.

-De la nada no. De mi bolsillo.

-¿Cómo si fuera una Polaroid ambulante?

-No lo había pensado. ¿Ve como no es normal? Lo que a mí me ocurre raya en lo excepcional.

-Creo que no nos entendemos.

-¿Ah, no?

-Cuando digo que no es normal lo que dice que le pasa, es porque no es posible.

-Pero si yo lo le digo que está pasando, será que sí.

-No. Y lo que debemos intentar entender es a qué se deben esas alucinaciones.

-¿Alucinaciones? ¿Y las fotos…?

-Está claro que se las mete usted en los bolsillos.

-Si no llevo nada, mire.

-Temo que esté desarrollando alguna enfermedad de orden…

-No siga.

-¿Por qué?

-Porque sé lo que va a decir.

-¿Cómo puede saberlo?

-Porque me he adelantado a su texto.

-¿A qué texto?

-Al de esta escena. Todo esto lo he visto ya.

-¿Dónde?

-Aquí, en mi cabeza. Ya me he representado toda la obra.

-¡Le repito que mi consulta no es un teatro!

-No, señor. Eso no supone que no sepa exactamente lo que me va a decir.

-¿En qué se basa?

-En que, créame, usted y yo somos bastante previsibles…

-Hable por usted.

-…pero lo que me está pasando no.

-Eso depende de muchos factores.

-Entre ellos, de lo que se le haya metido en la cabeza. Usted no ve los síntomas que presento, sino los que cree que debo presentar para amoldarme a la enfermedad que ha decidido que tenga.

-De nuevo, eso lo dice usted. De todos modos, lo que le está pasando, sea lo que sea, no compete a mi especialidad. No quiero aventurarme en un diagnóstico que no me compete, pero está claro que presenta signos de alguna patología de orden psiquiátrico próxima al desdoblamiento de personalidad.

-¿Y eso qué significa?

-Que le voy a mandar a que le vea un especialista.

-Un loquero.

-Llámelo como quiera.

-Mi problema no es mental, sino físico. No son imaginaciones mías, ocurre de verdad.

-No creo que esté en situación de autodiagnosticarse.

-Claro que sí. Aún estoy en mis cabales. Soy yo el que lo vive. ¿Quién va a saberlo mejor?

-Por el momento, le voy a recetar unos calmantes.

-¡Estoy muy calmado!

-No lo parece.

-Llevo toda la semana dándole vueltas a lo que me pasa. Hace dos días que no parpadeo.

-Eso es imposible. No se puede dejar de parpadear. El cuerpo no lo permitiría.

-Pues yo lo he hecho. Y duele. Llevo dos noches sin dormir, evitando con todas mis fuerzas que se me cierren los ojos. Pero no creo que pueda aguantar mucho tiempo.

-De eso estoy convencido. No siga con ello, es inútil.

-Tengo miedo, doctor. Y usted no quiere creerme.

-¿A qué tiene miedo? ¿Qué puede pasarle si parpadea?

-A lo mejor puede decírmelo usted.

– (…)

-¿Qué es esto?

– (…)

-O esto.

-(…)

-¿Qué me dice?

-Que tiene una cámara escondida.

-Búsquela.

-Pues se habrá colado en mi consulta.

-No lo he hecho.

-Aquí tiene que haber algún truco.

-Pues dígame cuál, por favor. Y acabemos con esto. ¿Qué ha visto?

-Nada.

-Todo ocurre demasiado rápido. A lo mejor si cierro los ojos más tiempo…

-(…)

-(…)

-(…)

-¿Qué?

-Va a tener que explicarme otra vez sus síntomas.

Los peligros del cambio

He encontrado más fotos en mi bolsillo y empiezo a preocuparme. No tanto por el hecho en sí, que reconozco que es inquietante, sino por la imagen que recibo de mí mismo. ¿Será esto lo que sientan los transplantados de cara en el momento de enfrentarse por primera vez a un espejo? Eres tú, pero consciente al mismo tiempo de que te han robado una parte importante de tu cuerpo. ¿De verdad tengo ese aspecto? ¿Esas dos formas bulbosas sin iris ni pupila son mis ojos? ¿Esta es la boca que ve la gente? ¿Querrá alguien todavía besar esos labios?

Y al pánico de no poder controlar esa violación de mi cuerpo por el ciclo de mutaciones, se suma el deber asumir que, sin poder evitarlo, la gente estará viendo en mí un monstruo. Una imagen burda y desproporcionada que se cuela sin avisar en medio de su rutina. ¿Cómo reaccionaría una persona cualquiera si en el transcurso de una conversación su interlocutor desapareciera, aunque fuera menos de un segundo? ¿Y un grupo? Imposible pasar inadvertido en esos instantes, cuando me aparezco ante ellos convertido en un rompecabezas, un collage formado con los objetos más absurdos que se encuentran a mano. Es entonces cuando corro el riesgo de sembrar el pánico y poner en peligro mi integridad física.

Todavía no he logrado reunir evidencias que me indiquen cuál es la reacción de la gente cada vez que sufro el cambio. Pero a la vista de las fotos, temo que el más ligero sobresalto acabe con mi vida. Que, aunque nadie lo note, un descuidado manotazo pueda quebrar la inestable estructura de objetos que en ese momento conforma mi nuevo cuerpo. En ocasiones, bastaría con que alguien tomara esa cucharilla en la que se ha convertido mi boca para dar vueltas al café, o que sintiera hambre y se comiera las magdalenas que en ese momento hacen las veces de mis ojos. Una vez me transformé por medio de un frutero y fue imposible no pensar con terror en la licuadora.

Pánico a la licuadora

El riesgo es demasiado grande como para no tomar medidas preventivas. Por eso, he decidido prohibirme el parpadeo.